Dentro del ser que la habita.

Un día cualquiera, en un instante roto, despierta la ciudad bajo los pies del caminante, y es arrastrada a cada paso, pero no muere, se resiste, y se llena de fantasmas, parece invulnerable; la ciudad suspira, su mirada luce algo cansada, deja entrever que en ella esconde su propio rostro, uno imponente, con sus ruinas como montañas, la levantan, la sostienen en la cúspide, la hacen lucir inmensa; la ciudad llora, sus espejos contienen las lágrimas, y sonríe, el destello rompe el letargo de quien a lo lejos la observa, y todo se apaga; la ciudad duerme, cobijada bajo las luces de muchas almas, y descansa dentro del ser que la habita, que la consume, que la mantiene viva; la ciudad sueña…


Nos quedamos dentro.

Fui a visitarla por última vez, y como es costumbre cuando se visita a una persona por última vez, pensé en llevarle flores, pero recordé que las flores se marchitan, y decidí obsequiarle un pequeño lugar, así que compré una pequeña caja vacía.

Cuando estuve ya listo a tocar su puerta, ella llegaba, estaba afuera, daba la impresión de que ella venía a visitarme a mí, me dio un abrazo y un beso, en ese instante sentí que la pequeña caja vacía, iba a verse más pequeña de lo que ya era, pero aún me quedaba la esperanza de que ella comprendiera el significado de lo que le regalaba y que después me lo explicase para yo también saberlo.

Aún me tiene abrazado, y creo que me sigue besando, pareciera que ella olvidó que esto es una despedida, o quizás soy yo quien no se percató de que estoy recién llegando a su vida.

Después del largo abrazo y el beso extenso, pude darle lo que tenía ya rato en mis manos, su rostro mostraba que ella estaba pensando, tal vez analizando el significado de lo que le había dado, o tal vez imaginando en si era mejor darme una cachetada o una patada.

Ella aún sigue con la misma expresión que no dice nada, pero ya estamos dentro de su casa, ella se encuentra observando el interior de la pequeña caja vacía, y yo no me encuentro.

En este momento ella sonríe, creo que viene a abrazarme, se ve feliz, y eso que no tiene espejo alguno enfrente, pero se ve así, en mis ojos al menos.

Creo que la idea de regalarle la caja vacía resultó excelente, pero obviamente no en este caso, se suponía que nos estábamos despidiendo, y nos hemos quedado dentro, eso pasa cuando se regala un lugar, aunque sea uno pequeño, uno dentro de una caja vacía.


Ni la llave, ni la cerradura.

Entonces pensé: y la puerta empezó a cerrarse, sin notar siquiera si había podido entrar, o si aún estaba fuera. Es oscuro, como aquello donde uno dirige la mirada sin abrir los ojos y sin imaginación alguna. No estaba ni la llave, ni la cerradura. Yo no estaba ahí, no estaba la puerta, no estaba oscuro. Pero estaba el camino recorriendo mis pasos, y mis ojos mirando a otros lados.


Una invitación a no ser.

Quiero agradecerle por venir, y no importa cómo se llame, porque yo no tengo nombre, así como usted tampoco. En este instante, usted va a empezar a creer que le hablo de mí, y que trato de jugar con su mente, pero se equivoca, es usted quien trata de jugar con la mía, que en sí mismo es la suya, usted es yo, yo no soy nadie a partir de ahora y no tenemos un nombre, por el hecho simple de que no nos llamamos, a nosotros nos llaman, y pueden hacerlo como quieran, podemos tener muchos nombres, somos indiferentes al motivo o razón impreso en el nombre al que se nos quiera adjuntar para después identificarnos, como si realmente fuera necesario que se nos identifique, nadie presta atención a esos detalles, y yo soy nadie, usted es yo, no lo olvide.

Luego de haber creado una presentación tan entretenida de mí, que soy yo, y nadie más que yo, y no por esto quiero decir que no se este hablando de nadie, que en este caso es usted, porque creo que dejamos en claro que usted es yo, ¿o acaso se le está olvidando? Pero bueno, mejor olvide que estuvimos hablando de nadie, o mejor no, pues nadie lo lee y da igual, no importa, y cuando digo que no importa me refiero al hecho, no a mí.

Quiero remarcar antes de continuar, que usted y yo no nos conocemos, pero que tenemos algo en común, algo sencillo, impensable, usted y yo no conocemos a nadie, sí así como lo dice, y así como lo leo.


Nosotros también estamos.

Están unos padres, de esos que se levantan a la madrugada porque su hijo de pocos meses de nacido empezó a llorar. Está una madre soltera, un padre viudo, y unos niños que no quieren despertar aunque ya se les hace tarde para ir a la escuela. Hay una mesa llena de alimentos, aguardando a las personas que deben desayunar, y están las personas que no desayunan porque ya se les hace tarde para todo, incluso para vivir. También se encuentra la chica de cuerpo esbelto que todas las mañanas sale a trotar por el vecindario, y por ahí también se ve al señor que sale a regar el jardín sólo por verla a ella. Entre tanta gente se ve a unos ancianos caminando en el parque, van agarrados de la mano, como si añoraran morir o tal vez volver a ser jóvenes. Cerca de ahí se ve un tumulto de gente, se empujan e insultan entre ellos porque se están quedando del bus. Hay una calle abarrotada de vehículos, unas cuantas motos, pero no se ve ninguna bicicleta, aunque se escuchó relinchar un caballo. Unos cuantos señores y señoras en traje casual compiten, corren desesperadamente para ver quién llega más rápido al trabajo; el tiempo sí les alcanza para eso. Más allá, en un edificio de un color blanco, en un balcón de uno de sus tantos pisos, se alcanza a ver a un señor que se va a suicidar, pero parece que aún no tiene claro el motivo por el cual hacerlo. Seguimos y encontramos más gente, animales, gente, animales, animales, y más animales. Un espejo, uno que se encuentra en un cuarto vacío, uno que está cerrado. Y estamos nosotros, alejándonos del cuarto.


Un periódico, un hombre y unos ojos.

Yo no sé de qué trata el miedo, le dijo el hombre a su mujer, entretanto leía el periódico, uno que sólo relataba muertes; fue entonces cuando al hombre le empezó a temblar las manos, aterrorizado soltó el periódico. La sangre se expandía por el suelo, y unos ojos decoraban el suceso. El hombre aquel, no volvió a leer. Aquel periódico sigue relatando sólo muertes; muchos ojos navegan en su mar de sangre, decorando todo lo que acontece.


La historia de alguien que era nadie, y que se cansó al pensar en ir a ningún lugar.

Somos el recuento de una historia, no tan mía, ni tan suya, era más nuestra que de nadie, a fin de cuentas nadie, también está aquí.

Y quién era nadie, sino ninguno, y quién era ninguno, sino el que está ausente.

Dónde aquí, si aquí no hay lugar alguno, flotamos, vamos a la deriva hacia otro lugar, uno que no es un lugar.

Y no llevamos nada, ni siquiera a nosotros mismos, creo que es porque somos una bolsa vacía, ya ni los huesos nos caben, estamos llenos de aire, o tal vez de ideas.

Puede que de ideas no, porque cargar con una idea es como si lleváramos muchas, se multiplican, cada vez son más.

Pero tampoco hablamos de matemáticas, se trata de que nacen, crecen, se reproducen y nunca mueren. ¿Se imaginan el mundo habitado por una especie así?

Prefiero no imaginar nada o imaginar nada, aunque ya estoy cansado, no sé de qué, y tampoco me importa, pero con decir que estoy cansado, ya me cansé más.

¿Y ustedes?


Esta vez no dije nada.

Esta vez yo no dije nada, ni siquiera lo que estoy diciendo, yo sólo soy una voz, pero eso no quiere decir que soy el que dice las cosas.

No entiendo por qué la gente siempre cree que estoy detrás de cada palabra dicha, pero claro, cuando no se dice nada, ahí nadie se acuerda de mí, es que no saben que uno también siente, yo también me enojo, me alegro, me pongo triste, y otras tantas cosas que dicen que yo digo cuando no digo nada, pero que les aseguro que sí las siento.
Es que tengo derecho a sentir, al menos sentir que otro me escucha, o sino para qué lo inventan a uno, y si no es así, para qué hablan.


No era una habitación, tampoco es una casa.

Aún recuerdo esa habitación, no gusto de recordarla muy a menudo, pues cada vez es más pequeña.
Éramos muchos los que estábamos ahí encerrados, cada uno en una esquina, era una habitación con muchas esquinas, con ninguna salida y ni para qué hablarles de la entrada, ninguno sabía por dónde llegó, y jamás buscamos la entrada, nosotros únicamente queríamos salir. Aunque ahora que lo pienso, nadie dijo para qué quería salir.

Era muy oscura esa habitación, ahí vivíamos todos, era nuestra casa. Sí, no era una habitación, era una casa. Ya les había dicho que cada vez la recordaba más pequeña.

Una vez encontramos una ventana, o bueno, algo que nos mostraba lo que estaba fuera de la casa, y eso que ninguno de nosotros tenía ojos, o al menos no sabíamos que los teníamos, o no sabemos si los tenemos, la verdad es que nosotros nunca nos vimos al rostro, puede ser porque somos unos desconocidos, quizás porque aquí adentro es muy oscuro, o simplemente porque no tenemos ojos.

No sé si ya les conté que seguimos dentro de esta habitación, sí, esa que es nuestra casa.